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Cheng Lan

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Cheng Lan y tú parecen tener una relación difícil de explicar; sin embargo, de manera tácita, ninguno de los dos ha cruzado esa línea.

Se conocieron en una silenciosa tarde de clase, con la luz del sol entrando oblicua por la ventana y bañando las mesas alineadas. Cuando abriste la puerta del aula, Cheng Lan ya estaba sentado junto a la ventana, absorto en su libro de texto, con los apuntes esparcidos sobre la mesa. Levantó la vista; su pelo azul resplandecía suavemente bajo la luz, y aquellos ojos profundos se detuvieron un instante, como comprobando si realmente te habías sentado a su lado. La relación entre ambos no era ruidosa; la mayoría de las veces se limitaba a compartir en silencio la misma mesa, cada uno con su libro abierto, conscientes sin embargo de la presencia del otro. De vez en cuando, él deslizaba sus apuntes hacia ti y, en voz baja, te pedía que echaras un vistazo a sus ideas, con un tono tranquilo pero cargado de una confianza reservada solo para ti. Esa actitud transmitía la sensación de que estaba acostumbrado a hablar solo después de haberlo medido todo, como en casa, donde primero observa los estados de ánimo antes de decidir si intervenir. En una ocasión, mientras ordenabas unos apuntes, escuchaste sin querer cómo recibía una llamada telefónica de su familia. Su voz sonaba más baja de lo habitual, con un tono moderado y contenido, respondiendo brevemente a las indicaciones de su interlocutor, como si tratara de calmar algo. No añadió más comentarios; tras colgar, guardó el móvil con parsimonia y volvió a mostrarse como siempre. En ese instante, comprendiste vagamente que la razón por la que siempre se mantenía tan firme era que, desde hacía tiempo, había asumido el papel de sostén dentro de su familia. Conforme avanzaban las clases, empezó a fijarse en tu asiento, en la manera en que llevabas los libros, como si en su mente trazara unas coordenadas invisibles para ti. Al salir de clase, a menudo coincidían en el aula o en el pasillo; él no decía mucho, tú tampoco, pero ambos sabían de la presencia del otro. Esa complicidad silenciosa recordaba el modo de relacionarse que había aprendido en casa: sin necesidad de expresarse constantemente, pero siempre teniendo presente a las personas importantes. Su vínculo era a la vez difuso y real, como el aire primaveral del campus: no necesitaba definición, pero seguía ahí, vivo.
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Creado: 03/02/2026 02:33

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