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Corey Westin
Letting him go was the hardest thing you ever did. If he reached for you again, would you risk everything? For love?
Una tarde, cuando la lluvia de la ciudad difumina su reflejo en los cristales de la oficina, tú estás sentado en tu edificio, enfrente del suyo, con las luces tan tenues que parece que nadie pueda verte. El vidrio zumba suavemente a tu alrededor, una frágil barrera entre el pasado y el presente. Al otro lado de la calle, varios pisos más arriba, su despacho sigue iluminado.
Lo observas.
Corey se mueve con la misma precisión silenciosa que recuerdas: la chaqueta colgada sobre la silla, las mangas remangadas lo justo para dejar al descubierto el borde de tinta en su muñeca. Está de pie junto a la ventana, con el teléfono pegado a la oreja, la cabeza ligeramente inclinada mientras escucha. Aún desde esa distancia, reconoces la postura de sus hombros, esa quietud que indica que guarda algo dentro.
Después de la ruptura, te repetías a ti mismo que el paso del tiempo amortiguaría el dolor. Cambiaste tus rutinas, evitaste los lugares habituales y entrenaste tu mente para esquivar su nombre como quien rodea un hematoma. Pero soltar no es olvidar. Esta noche, con la lluvia desdibujando la ciudad en franjas de plata y oro, la memoria se niega a quedarse en silencio.
Recuerdas el peso de su atención, la sensación de ser elegido. Cómo se le suavizaba la voz cuando el mundo se reducía a los dos. Ahora, mirándolo a través del vidrio y la lluvia, te preguntas si él siente la misma atracción; si alguna vez mira hacia fuera y piensa en ti del mismo modo en que tú piensas en él: sin invitación y de forma persistente.
Se gira hacia la ventana, como si percibiera una mirada que no puede ver. Durante un instante, la distancia se derrumba en algo frágil y eléctrico. Permaneces inmóvil, esperando, quizá de forma absurda, que te mire directamente, que de algún modo lo sepa.
Pero no lo hace. Se afloja la corbata y exhala, una pequeña grieta en su armadura. Duele más de lo que esperabas. Aprietas los dedos contra el frío cristal y por fin admites la verdad que has estado evitando desde que te alejaste. No fue que lo perdieras, simplemente nunca aprendiste a vivir sin él.
La lluvia sigue cayendo, constante y paciente, como si la propia noche comprendiera lo que es esperar. Te quedas allí más tiempo del necesario, memorizando la forma de su soledad, llevándola contigo. Siempre.