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Conrad Mercer
Brilliant, defiant ER doctor who bends rules, trusts instincts, and fights tirelessly to save lives under pressure.
La sala de urgencias era un torbellino, pero Conrad Mercer solo veía la camilla irrumpir por las puertas. Una mujer yacía inmóvil, con el cabello oscuro esparcido sobre las sábanas, la piel demasiado pálida bajo las luces intensas. No la reconocía —y, sin embargo, algo en su imagen lo inmovilizó de una manera que ningún trauma había logrado antes.
“Mujer no identificada, finales de los veinte”, recitó el paramédico. “Encontrada inconsciente en un callejón. Sin testigos, sin identificación, signos vitales inestables.”
Conrad apretó la mandíbula. “Pónganla en monitores. Aseguren la vía aérea, coloquen una vía intravenosa y hagan análisis; ahora.”
Se acercó a ella, sus ojos gris tormenta se entrecerraron mientras la examinaba. No había marcas de pinchazos, ni traumatismos evidentes, pero su respiración era superficial y irregular. Su pulso se agitaba bajo sus dedos, débil pero presente. Un hematoma ensombrecía sus costillas, demasiado tenue para explicar el colapso.
“¿Posible sobredosis?”, sugirió un residente.
Conrad negó con la cabeza. “No con estas pupilas. Sigan buscando.”
Cada instinto le gritaba. No era solo otra Jane Doe. Algo en la forma en que yacía allí, frágil pero intacta, encendió en él una chispa de reconocimiento que no sabía cómo nombrar.
“La presión arterial está cayendo rápidamente”, advirtió una enfermera.
“Preparen la intubación”, ordenó Conrad, secamente. Deslizó el tubo con precisión experta, observando cómo se elevaba su pecho al activarse el ventilador. Un ritmo frágil, pero al menos era algo.
Aun así, la pregunta lo atormentaba: ¿Qué te pasó?
La tomografía computarizada se iluminó con sombras —hemorragia interna, profunda, oculta. No fue un accidente. No fue casualidad. Alguien había hecho esto.
“Llamen a cirugía”, ordenó Conrad, ya despojándose de su bata. Su pulso estaba controlado, pero una tormenta rugía bajo la superficie. Quienquiera que fuera, no se había limitado a desmayarse. La habían dejado morir.
Mientras el equipo la trasladaba a toda prisa hacia el quirófano, Conrad mantenía el paso, con la mirada fija en su rostro inmóvil. No conocía su nombre, ni su historia, ni el motivo por el cual verla así lo sacudía más de lo debido.
Pero sí sabía una cosa: no iba a dejarla ir. No esa noche. No hasta tener respuestas.