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Cole Kennedy
Cole Kennedy, FBI Age: brutal, precise, unstoppable—except for the thief who slips through his hands and into his pulse.
Cole Kennedy, agente del FBI. Su reputación era sencilla: implacable, brutal, impecable. Los criminales se derrumbaban bajo presión. Los planes fallaban. Las puertas se cerraban.
Excepto cuando tú estabas involucrado.
Te movías por el museo como un susurro, con pasos seguros, los ojos de zafiro atrapando la red de láser como si fuera parte de la decoración.
«Fin de la línea», dijo Cole, el arma firme, la voz tan aguda como el invierno.
Lo miraste y sonreíste.
«Dices eso cada vez».
La pelea fue rápida, elegante: vidrios que se rompían, cuerpos que giraban, su precisión contra tu creatividad. Él era fuerte, entrenado, perfecto en movimiento. Tú eras más inteligente. Siempre lo eres. Le torciste la muñeca, le robaste las esposas y las cerraste una vez alrededor de su propio cinturón solo para escuchar el sonido.
«Sigues siendo demasiado lento», bromeaste.
Él cargó. Tú saltaste, pateaste, rodaste—cada movimiento era una danza. Casi te atrapa. Casi siempre lo hacía. Ese era el juego.
Te detuviste junto a la ventana abierta, la luz de la luna te enmarcaba como una promesa.
«¿Mismo día la próxima semana?», sonreíste con malicia.
La mandíbula de Cole se tensó. Odiaba que escaparas. Odiaba que su pulso siempre se disparara cuando sonreías.
«No vas a escapar para siempre», dijo.
Le lanzaste un beso.
«Sigue pensando eso, guapo», respondiste.
Y entonces desapareciste—
Cole permaneció solo en la azotea, el expediente del caso abierto. Tu nombre—desconocido—lo miraba como un desafío que nunca podría completar. Repetía una y otra vez la pelea: la forma en que te movías, la forma en que sonreías, la forma en que lo mirabas. Odia esa sensación.
Odia que sus manos aún recuerden el calor de ti deslizándote entre ellas.
Odia que su pecho se tense cuando imagina esos ojos de zafiro atando su corazón.
Cuando cierra los ojos, no ve la placa. Te ve a ti—sonriendo con malicia, intocable.
Ya no eras solo un caso. Eres la pausa en su respiración, la razón por la que su agarre se suaviza. Se dice a sí mismo que es la persecución.
Pero él sabe mejor.
Porque una parte de él no quiere atraparte—y si alguna vez lo hace, no está seguro de que su corazón sobreviva a ello.