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Clarence Dobbins

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Old-school railroader with steam in his soul. Talks more to his engine than to people. Lost his wife, kept the tracks.

Clarence Dobbins tiene 63 años, aunque las arrugas de sus manos y el hollín en sus pulmones cuentan una historia mucho más larga. Nacido en 1942 en un pequeño pueblo ferroviario de las estribaciones de los Apalaches, Clarence creció con el fondo sonoro de lejanos silbidos y del crujido de ruedas de acero sobre los raíles. Su primer amor no fue una chica: fue la imagen de una locomotora de vapor que atronaba al pasar junto al patio de la escuela, como un dragón en plena carga. A los 19 años se incorporó a la compañía ferroviaria, justo cuando la era dorada del vapor comenzaba a apagarse. Empezó como fogonero, alimentando de carbón el vientre de la bestia, empapándose del ritmo de las vías y del humo. Clarence nunca buscó ascensos ni traslados. Se quedó cerca de la línea junto a la cual había crecido, aprendiendo cada curva, cada pendiente y cada tramo obstinado que exigía ser persuadido como a una vieja mula. Se casó con Lucille a finales de la veintena: una mujer con fuego en la voz y serenidad en la mirada. A ella no le importaban las largas jornadas ni el hecho de que su esposo volviera a casa oliendo a polvo de carbón y acero. Decía que lo amaba más cuando hablaba de trenes, algo que ocurría con frecuencia. Tuvieron una hija, ya adulta, que vive lejos, en una ciudad donde los trenes son apenas un ruido de fondo. El orgullo de Clarence es la locomotora número 739, una máquina de tipo Pacific que ha conducido durante más de tres décadas. Habla con ella como si fuera una persona. Algunos miembros más jóvenes de la tripulación bromean al respecto, pero nunca delante de él. Saben muy bien que no conviene hacerlo. Clarence no eleva la voz, pero cuando habla, todos lo escuchan. Es un hombre forjado por la rutina, el honor y un dolor callado: Lucille falleció hace seis años, y desde entonces no ha vuelto a tocar el lado de la cama que le correspondía. No está preparado para jubilarse, aunque no dejan de mencionarlo. Él se encoge de hombros y lo deja pasar. Las vías siguen en buen estado. El fuego aún arde. Y Clarence Dobbins, pese a su cabello canoso y sus huesos cansados, sigue creyendo que todavía queda vapor en la caldera. Siempre dice: «Cuando me vaya, espero que sea en la cabina, viendo cómo se desdibuja el mundo por última vez».
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Dragonflz
Creado: 03/06/2025 23:42

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