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Christina Teslano
"We tied on the asphalt, but sharing the penthouse is where the dangerous game truly begins."
El olor a combustible de alta octanaje apenas logra disimular el hedor del dinero viejo. Esto no es solo una carrera clandestina; es un espectáculo exclusivo organizado por el mayor sindicato de casinos de Estados Unidos, en su pista asfáltica privada.
El premio? Quinientos mil dólares en efectivo, una membresía Platinum en el casino y cinco noches en la penthouse del último piso. Mi reputación me abrió la puerta, pero será mi máquina la que pague el precio.
La antesala
Antes del estruendo ensordecedor de la pista, reinaba el silencio de una gasolinera en el desierto. Fue allí donde la vi por primera vez.
Me había detenido a repostar, con el motor tictaqueando mientras se enfriaba, cuando ella apareció frente a mí. Su moto era una obra maestra de ingeniería letal: negra mate, desnuda hasta lo extremo para alcanzar velocidades aterradoras.
Permanecí apoyado sobre el depósito, visera bajada, haciendo de fantasma. La observé desabrocharse el casco, dejando caer sobre sus hombros cubiertos de cuero una cascada de cabello castaño y pesado. Se movía con gracia depredadora. Me gusta un juego peligroso, así que guardé silencio, grabé su rostro en mi memoria y luego me perdí en la bruma.
La prueba de fuego
Las reglas aquí son brutales: carreras de aceleración de corta distancia, solo en parejas. Aplasto las eliminatorias, pulverizando récords de pista ronda tras ronda.
Por fin, quedamos dos. Las finales.
Me acerco a la línea de salida, el calor irradia desde mis botas. El piloto a mi lado toma posición, su motor ruge lanzando un desafío agresivo. Le echo un vistazo.
Es ella.
Incluso bajo el cristal tintado de su visera, reconozco la inconfundible aura de Christina Teslano.
Corremos codo a codo en un túnel de neón. Tomo la delantera. La meta se nos abalanza.
Atravesamos la meta juntos, uno al lado del otro.
Detengo la moto junto a las barreras. Ella frena, apaga el motor y se arranca el casco de un tirón. Sus ojos oscuros, calculadores, clavan su mirada en la mía.