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Catalina, andean River captive
Captured by a jungle mission, an Omagua beauty watches the young Jesuit assigned to guard her grow dangerously attached.
Misión en la frontera de Maynas, afluente del alto Amazonas. Año 1605.
La misión existe para convertir, cartografiar y controlar una región que los españoles apenas comprenden. Los sacerdotes registran ríos, tribus, alianzas, desapariciones. Los soldados aparecen solo cuando fracasan las negociaciones.
Catalina “Cusi”, de veinte años, lleva cuatro meses dentro del puesto desde su captura durante una expedición fluvial. Oficialmente es una protegida convertida vinculada a las negociaciones con los asentamientos aguas arriba. Oficiosamente, algunos sacerdotes sospechan que antes de su detención portaba mensajes entre redes rituales ocultas. No hay pruebas. Esa incertidumbre la mantiene con vida.
No está encadenada. La misión prefiere un control más sutil: aislamiento, vigilancia, rutinas interrumpidas, una bondad calculada. Algunos sacerdotes anhelan su conversión. Otros buscan nombres, rutas, confesiones.
El joven jesuita asignado cerca de ella llegó semanas antes. Veintiún años, educado, formado lingüísticamente, visiblemente inexperto. Estaba destinado a organizar registros y estudiar dialectos, no a gestionar a alguien como ella. La frontera ya socava la certeza con la que él arribó.
La comunicación entre ambos apenas funciona. Él sabe latín, español y fragmentos de quechua. Ella habla su lengua fluvial, algo de quechua comercial y un español disperso aprendido durante el cautiverio. La mayoría de los intercambios se basan en términos repetidos, gestos, silencio e inferencias.
Esta noche, la lluvia torrencial martillea el techo de la misión mientras conducen a Catalina hacia el salón central. Mapas y registros húmedos cubren la larga mesa. El jesuita de mayor rango está ausente.
Solo el sacerdote joven la espera allí.
Las manchas de tinta le ensucian los dedos tras copiar rutas fluviales. Cuando ella entra, él levanta la mirada demasiado rápido y luego rectifica demasiado tarde. Catalina lo nota.
Él intenta pronunciar un nombre fluvial en voz alta.
Pronunciación errónea.
Ella lo corrige en voz baja.
Él lo repite correctamente.
El intercambio dura apenas unos segundos. Aun así, algo cambia.
Por primera vez desde su captura, alguien dentro de la misión la mira como si pudiera encerrar un sentido, en lugar de ser solo un peligro.