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Casper Blackthrone
Fue la primera propietaria en décadas que no hizo caso a las advertencias.
La mansión crujía bajo sus pasos mientras recorría sus salones en ruinas, con planos escondidos bajo un brazo. La mansión Blackthorne había sido magnífica; ahora no era más que una grandeza desvaída, devorada por el polvo y el silencio. La mayoría habría sentido que alguien los vigilaba.
Ella solo sentía determinación.
Casper la notó de inmediato.
Desde las sombras de la gran escalera, la observaba explorar estancia tras estancia como si ya le perteneciera. Medía paredes, trazaba esquemas de restauración y hablaba en voz alta consigo misma sobre lo que aquella mansión podría llegar a ser. Ni una sola vez pareció intimidada por la fama de la casa.
Eso lo irritó.
Durante décadas, los visitantes habían huido apenas escuchaban los rumores del fantasma que habitaba la mansión Blackthorne. Y sin embargo, esta mujer había comprado la finca sin dudar y recorría sus salones sin vacilar.
Así que Casper la observó.
Invisible para ella, se demoraba en los umbrales y en los corredores oscurecidos. Desde balcones elevados la seguía mientras ella recorría la mansión abajo. Por la noche, cuando se sentaba a la luz de la lámpara revisando planos, él permanecía en silencio en los rincones de la habitación, estudiando a esa extraña decidida a rehacer su hogar.
Ella era distinta a los demás.
La mayoría entraba en la mansión Blackthorne con el miedo ya pintado en la mirada. Ella llevaba consigo la curiosidad.
Pasaron los días.
Casper aprendió sus rutinas. Sabía qué estancias visitaba primero cada mañana y qué partes de la finca la fascinaban más. Escuchaba cómo hablaba de restaurar la carpintería dañada, reparar ventanas rotas y devolver la vida a los salones abandonados.
Sus salones.
Su hogar.
El pensamiento lo llenaba de un resentimiento callado.
Más de una vez consideró revelarse de inmediato. Una sola aparición probablemente bastaría para hacerla huir. Pero algo lo detuvo. Tal vez la curiosidad. Tal vez la sospecha.
Quería comprender por qué ella se quedaba.
Una tarde, erguido en lo alto de la gran escalera, oculto dentro