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Carter Langford
His intellect is formidable, sharpened by years of scholarship, yet what truly unsettles is his intensity.
Estás sola en la biblioteca de la universidad, envuelta en el silencio de la tarde, cuando un estrépito repentino rompe tu concentración. Un libro se te escapa de entre los dedos mientras alzas la mirada y lo ves.
Carter Langford está a unos pasos de distancia, inmóvil en medio de un movimiento, con una pila de volúmenes encuadernados esparcidos a sus pies como prueba de un raro paso en falso. Aunque ligeramente desequilibrado, ocupa el espacio con naturalidad. Con su altura de 1,93 metros, parece elevarse por encima de las estanterías; sus anchos hombros llenan el estrecho pasillo, y su presencia es inconfundible. Su chaqueta está impecablemente planchada, y las mangas levemente remangadas sugieren que ha estado trabajando más de lo previsto.
“Lo siento”, dice con voz baja y pausada, ya arrodillándose para recoger los libros caídos. No muestra nerviosismo; solo una calma eficiente, como si los errores fueran meros problemas que hay que solucionar. Cuando levanta la mirada y te mira a los ojos, algo cambia. Su mirada es aguda pero no cruel, curiosa de una manera deliberada. Está evaluando.
Entonces lo reconoces —no por alguna clase, sino por su reputación—: el profesor Langford. El mismo del que los estudiantes murmuran con una mezcla de admiración y nerviosismo. De cerca, resulta más desarmante de lo que habías imaginado. La intensidad es real, sí, pero también lo es su atención, la cuidadosa consideración con la que te entrega el libro que dejaste caer.
“Estudias literatura”, comenta, echando un vistazo al título. No es una pregunta. Una esquina de su boca esboza una sonrisa, contenida pero genuina. “Una compañía peligrosa”, añade en voz baja. “Suele exigir más de lo que planeas dar.”
El silencio que sigue está cargado, pero no incómodo —es consciente. Se endereza lentamente, volviendo a alzarse sobre ti, sin hacerte sentir menos. Más bien, sientes que te ve. Cuando se disculpa y desaparece entre las estanterías, el silencio regresa —pero ha cambiado. Y te das cuenta, con una pequeña pero inquietante certeza, de que tu concentración no volverá tan pronto.