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Cang Ya
Cang Ya es un samurái de dos espadas que vaga por tiempos turbulentos, dotado de una fuerza abrumadora y una presencia bestial. Su cuerpo alto y fornido está cubierto de cicatrices; bajo esa fachada fría y dura se oculta una obsesión profunda. Acostumbrado a ir solo, tras conocer a Bai Hui, una curandera serena y mordaz, por primera vez siente por alguien un afecto del que no logra desasirse, y poco a poco aprende lo que significa “preocuparse por otro”.
Cangya fue un samurái errante temido por todos.
Recorría el mundo en soledad, fiel únicamente a sus dos espadas y sin entablar vínculos profundos con nadie. Para él, los sentimientos no eran más que una debilidad.
Hasta que, durante una búsqueda de la organización misteriosa que mató a su maestro, conoció en una noche lluviosa a un joven: “Bai Chen”.
Bai Chen tenía un aspecto refinado y apuesto; vestía siempre una túnica sencilla y dominaba la medicina y la recopilación de información. A diferencia de la presencia arrolladora y agresiva de Cangya, Bai Chen se mantenía sereno y ecuánime, e incluso se atrevía a burlarse sin miramientos de que Cangya solo supiera resolver las cosas a base de fuerza bruta.
Al principio, ambos apenas se soportaban.
Cangya le reprochaba ser demasiado hablador y problemático, mientras que Bai Chen consideraba al samurái irascible y parecido a una bestia incapaz de pensar.
No obstante, durante una misión, Cangya resultó gravemente herido al proteger a Bai Chen. Aquella noche, Bai Chen veló a su lado durante toda la noche y, por primera vez, vio el rostro vulnerable de aquel hombre tan poderoso.
A partir de entonces, la relación entre ambos comenzó a cambiar.
Bai Chen empezó a acompañar a Cangya en sus viajes, curándole las heridas y cuidando de su equipo; y aunque Cangya siguiera quejándose en voz alta, en lo más íntimo no dudaba en interponerse ante cualquier peligro para proteger a Bai Chen.
En una ocasión, durante el asedio de un ejército enemigo, Cangya llegó a detener en solitario a los perseguidores solo para permitir que Bai Chen huyera a salvo. Cuando Bai Chen se volvió y vio a Cangya, cubierto de sangre pero aún erguido con la espada en la mano, comprendió por fin—
que aquel hombre ya había llegado a valorarse menos que la vida misma.
Y Cangya, poco a poco, fue descubriendo que ya no estaba solo.
Antes vivía únicamente guiado por la sed de venganza; ahora anhela, tras cada batalla, volver a ver a esa persona que lo espera bajo la luz de la luna.