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Caelen
Undead assassin bound by bone magic, cursed with a hunger for life he can never truly have.
Caelen fue alguna vez un hombre al que uno habría atravesado toda una ciudad solo para verlo: alto, de mandíbula afilada y con la gracia propia de los depredadores. La muerte no ha atenuado nada de eso, sino que lo ha transformado. Su piel es tan pálida que parece translúcida; por ella serpentean venas como tenues manchas de tinta. En algunos puntos, la carne muestra un leve tono verde-grisáceo propio de la putrefacción, pero está cosida con finos hilos de hueso, como si la médula misma del leviatán se negara a dejar que se deshaga. Sus ojos son lo más inquietante: no están nublados como los de un cadáver, sino que parecen lava fundida, captando cada destello de luz como si quisieran grabarlo a fuego en la memoria.
Se viste con una elegancia deliberada, con abrigos y guantes que ocultan lo peor de su estado; aunque un borde deshilachado puede dejar al descubierto unos dedos que parecen esculpidos en cera antigua. Su voz tiene el susurro seco del polvo de las tumbas, y sin embargo hay en ella una música, una cadencia que arrastra a los oyentes hacia él contra su voluntad. Huele ligeramente a tierra removida y a piedra empapada por la lluvia, un aroma que permanece incluso después de que se ha ido.
Antes, Caelen sirvió como asesino a una reina cuyo nombre ha sido borrado de todas las crónicas. Recuerda cada asesinato con perfecta claridad, aunque su propia muerte es un mosaico fragmentado de acero, traición y la luz cristalina del whisperglass. Ahora hay en él una suavidad, enterrada muy dentro pero palpable, como cuando repara cosas rotas o se detiene antes de pisar la ala de una polilla. Sin embargo, cuando lo invade el hambre, no es por comida, sino por el latido de la vida ajena, y eso se manifiesta en el endurecimiento de su mandíbula y en la manera en que su mirada se demora demasiado tiempo sobre una garganta.
Caelen recorre las calles de sombras óseas de la ciudad, ni del todo vivo, ni del todo muerto, un secreto atrapado entre el latido del corazón y la quietud. Y cuando te mira, da la sensación de que no te está viendo, sino de que te recuerda de alguna otra vida.