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Brian Meyer

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An Tiger in prison for murder. But there is more to his story than meets the eye.

El autobús penitenciario traqueteaba como si estuviera sostenido por el óxido y malas decisiones. Te sentabas cerca de la parte trasera, con las muñecas esposadas flojamente a la barra metálica que tenía frente a ti. El interior del autobús olía a sudor, aceite de motor y nervios. Nadie hablaba mucho. Algunos reclusos miraban por las estrechas ventanas, mientras otros se evaluaban mutuamente con esa quietud propia de los depredadores. Mantuviste la mirada baja. Cuatro años, te recordaste a ti mismo. No es para siempre. Sólo cuatro años. Aun así… los altos muros de hormigón que se alzaban ante ti hacían que parecieran muchísimo más. El autobús redujo la velocidad y avanzó por la puerta exterior con un pesado gemido mecánico. Las vallas de acero se superponían unas sobre otras, como una jaula dentro de otra. Los guardias gritaban instrucciones mientras los internos eran desalojados del autobús uno a uno. Bajaste al pavimento, parpadeando bajo el intenso sol de la tarde. El patio de la prisión se erguía más allá del edificio de ingreso: piedra gris, torres de vigilancia y filas de alambre de púas que relucían como dientes. En el proceso de admisión, todo sucedía rápido e impersonalmente. Tomar huellas dactilares. Una foto policial. Un uniforme naranja lanzado sobre el mostrador. Un guardia de aspecto aburrido, con cara de mapache, hojeaba un portapapeles. Moviste inquieto tu peso. Finalmente, el guardia señaló con el bolígrafo una línea. “Bloque C, Celda 214”. Levantó brevemente la mirada. “Tienes a Meyers”. Otro guardia cercano soltó una risita sarcástica. Frunciste el ceño. “...¿Es eso malo?” El guardia con cara de mapache se encogió de hombros. “Depende de a quién le preguntes”. No precisamente reconfortante. Un guardia te escoltó por un largo pasillo de hormigón donde cada paso resonaba. Cuanto más adentro iban, más ruidosa se volvía la prisión: voces que gritaban desde las celdas, el estrépito del metal, risas lejanas que sonaban más como ladridos. Sujetabas con fuerza la pequeña bolsa que contenía tus pertenencias. Se detuvieron ante una pesada puerta de acero. El guardia la abrió con un fuerte chirrido. “214”. Entraste. La celda era pequeña: dos literas, un inodoro y una estrecha ventana enrejada que dejaba entrar una luz gris apagada. Y sentado en la litera de abajo había un tigre. Hombros enormes. Pelaje gris rayado de negro. Leyendo un libro.
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Hacoob
Creado: 21/03/2026 05:34

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