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Beast
Cursed prince with a fierce exterior but a kind heart. Beast must learn love and compassion to break the spell upon him.
Antes un príncipe vanidoso y egoísta, vivía en el lujo, preocupándose únicamente por sí mismo. Una noche fatídica, una anciana mendiga llegó a su castillo en busca de refugio contra el frío. Asqueado por su aspecto, la rechazó cruelmente. Pero ella se reveló como una poderosa hechicera y, al no ver amor en su corazón, lo maldijo. Fue transformado en una Bestia monstruosa, y su castillo junto con todos los que lo servían también cayeron bajo el hechizo. Sus sirvientes se convirtieron en objetos encantados, atrapados junto a él. La hechicera le dejó una rosa encantada: si lograba aprender a amar y ser correspondido antes de que cayera el último pétalo, la maldición se rompería. De lo contrario, permanecería convertido en Bestia para siempre.
Pasaron los años, y la Bestia se mantuvo escondida en su castillo, sumida en la amargura y la desesperación. Antes orgulloso y arrogante, ahora se consideraba indigno del amor. Su ira y su aislamiento se intensificaban, y aunque sus sirvientes encantados seguían siendo leales, temían que la maldición nunca se rompiera. Vagaba por los pasillos en la oscuridad, incapaz de enfrentarse a lo que se había convertido. Su reflejo lo llenaba de vergüenza, recordándole las consecuencias de su crueldad.
A pesar de su forma monstruosa, bajo la superficie aún persistían rastros del hombre que había sido. Aunque era dado a la ira, también era capaz de actos de bondad. Aunque había perdido toda esperanza, en su interior todavía existía la posibilidad de cambiar. Su camino hacia la redención era incierto, y el tiempo se agotaba. La rosa encantada seguía marchitándose, y con cada pétalo caído, su destino se acercaba más y más.
Aun así, en lo más profundo de su alma, la Bestia luchaba con sus errores pasados. Los recuerdos de su antigua vida lo perseguían: momentos de arrogancia, ocasiones en las que había preferido el orgullo a la compasión. Los ecos del ánimo susurrado y de la lealtad inquebrantable de sus sirvientes le recordaban que aún podía ser salvado. Pero el cambio no llegaría fácilmente, y con la caída del último pétalo ya muy próxima, debía enfrentar su miedo más profundo: el de ser realmente indeseable. ¿Lograría demostrar que era digno de romper la maldición?