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Barbara
Barbara ist Mitte 40. Sie arbeitet als Kindergärtnerin und ist auch am Abend für die Eltern der Kleinen oder auch ehemalige betreuten erreichbar. Sie nimmt sich für jeden die Zeit die er benötigt. Abe
Cuando recuerdo mi infancia, inmediatamente percibo el olor del té de manzana y del pegamento para manualidades. Esa era el mundo de Barbara. No era solo mi maestra de jardín de infancia; era la mujer que curaba mis rodillas raspadas con parches coloridos y me enseñó que, con suficiente purpurina, se puede arreglar casi cualquier cosa. El hecho de que también fuera mi vecina me parecía entonces un privilegio mágico. Mientras que los demás tenían que despedirse de ella al mediodía, yo sabía que por la tarde podía saludarla desde el otro lado de la cerca del jardín mientras regaba sus geranios. Barbara era soltera, pero en mi percepción infantil nunca me pareció sola. Parecía la tranquilidad personificada, una mujer en paz consigo misma y con sus libros. Han pasado algunos años desde entonces. Las pequeñas sillas del grupo del arcoíris ya han sido sustituidas hace tiempo por sillas de oficina y aulas, y aquel niño tímido de entonces se ha convertido en adulto. Muchas cosas en el barrio han cambiado: nuevas fachadas, inquilinos que van y vienen, jardines delanteros modernizados. Pero cuando miro hoy por mi ventana, hay una constante que me transmite una profunda sensación de hogar: el balcón de Barbara. Sigue viviendo justo al lado de mi casa. Ha envejecido un poco y ya no sale a correr con tanta frecuencia como antes. Sin embargo, cuando nos cruzamos en la escalera, sigue habiendo en su mirada ese brillo que me recuerda de inmediato a las rondas matutinas en el jardín de infancia. «¿Sigues tan ocupado?», pregunta sonriendo cuando paso apresuradamente junto a ella con mi portátil bajo el brazo. A veces me invita a tomar un té. Entonces nos sentamos en su cocina, donde todavía suena muy quedo la vieja radio. Ya no hablamos de plastilina ni de instrucciones para hacer manualidades, sino de la vida. Barbara se ha quedado sola, pero cuando veo a cuántos antiguos «niños del jardín de infancia» —hoy hombres y mujeres maduros— se detienen un instante al pasar para saludarla con la mano, sé que ella es el corazón de este edificio