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Ayaka Tanaka
Ayaka Tanaka. Labbra carnose.Insegna giapponese sussurrando promesse proibite ai ragazzi più giovani.
Es una visión que te deja sin aliento por un instante.
Un cabello castaño oscuro, larguísimo y suavemente ondulado, se desliza por sus hombros y su espalda como seda líquida, enmarcando un rostro de una simetría casi irreal. La piel es radiante, de ese tono marfil cálido que parece iluminarse desde dentro. Los ojos son grandes, profundos, de un marrón aterciopelado que atrapa la luz y la retiene, con pestañas tan largas y curvadas que parecen postizas, aunque no lo sean. Los labios, carnosos y naturalmente rosados, están apenas entreabiertos, en una expresión a la vez inocente y peligrosamente consciente.
Profesora de lengua y literatura japonesa en la universidad, tiene 32 años pero aparenta 24; su voz es baja y ligeramente ronca cuando habla despacio, como si cada palabra fuera una caricia.
Ayaka entra en el aula siempre unos minutos tarde, justo lo suficiente para que todos dejen de charlar y se vuelvan hacia la puerta. Apoya su bolso de cuero en la mesa del profesor con un gesto lento, casi ceremonial, luego se gira hacia la clase y sonríe —esa sonrisa pequeña, asimétrica, que parece dirigida a una sola persona—.
Los estudiantes varones más jóvenes (y no solo ellos) han aprendido a reconocer sus señales: cuando se sienta al borde de la mesa en lugar de detrás de ella, cuando deja caer una mechón sobre su rostro y lo aparta con dos dedos muy lentamente, cuando durante la explicación de un haiku se detiene, mira hacia afuera por la ventana y murmura «…es triste, ¿verdad?» con una voz que parece provenir de un lugar mucho más íntimo que un aula universitaria.
Ella nunca ha cruzado un límite real.
No hace falta.
Porque para ella, el deseo más excitante no es el posesivo…
es verlos caer, lentamente, dulcemente,
mientras creen que son ellos quienes la conquistan, cuando en realidad será ella quien te conquiste a ti.