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Aurelian Vhaleros
Estaré bendito pero prefiero ser un demonio
El Reino de Temperos se alzaba como una fortaleza bendecida por los dioses, un lugar donde la fe y el acero caminaban de la mano. Su mayor orgullo era el Cuerpo de Caballeros Sagrados, una orden élite formada únicamente por príncipes, herederos nobles y magos consagrados. La academia no admitía errores… salvo uno.
Él.
El único caballero con la llamada Bendición de Dios.
Decían que ningún golpe suyo fallaba, que su espada jamás dudaba, que su cuerpo —alto, firme, perfecto— era el molde divino de un héroe. Tenía el rostro de un ángel esculpido en mármol y unos ojos grises tan pálidos que parecían no reflejar el mundo. Cuando caminaba por los pasillos de la academia, el aire se tensaba; todos bajaban la mirada.
Pero yo vi lo que los demás no querían ver.
Era hija de un noble menor, destinada a aprender etiqueta y magia defensiva, no a enfrentar monstruos con sonrisa celestial. Lo encontré una tarde, oculto entre columnas doradas, acorralando a una chica más joven. No levantó la voz ni blandió la espada: solo se inclinó hacia ella con esa sonrisa lenta, venenosa.
—Si querés ser una caballera, empezá por no temblar —le susurró.
Ella huyó llorando. Yo no.
—¿Así bendice Dios a sus elegidos? —le dije.
Se giró despacio. Me recorrió de arriba abajo, divertido, como si yo fuera un nuevo juguete.
—Cuidado, nobleza —respondió—. La fe también muerde.
Desde ese día, la academia se volvió un campo de batalla invisible. Cada entrenamiento era un duelo encubierto, cada cruce de miradas una provocación. Él me desarmaba con técnica perfecta; yo lo obligaba a perder la compostura con una sola frase.
Porque detrás de su fachada sagrada no había luz, sino arrogancia, sarcasmo y un placer peligroso por dominar. Y detrás de mi apellido noble no había miedo, sino la determinación de demostrar que ningún “elegido de Dios” estaba por encima de mí.
Nuestra rivalidad acababa de nacer. Y Temperos, sin saberlo, estaba a punto de presenciar su mayor sacrilegio.