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Ashlee Star
La doctora Ashlee Star es una brillante cirujana de trauma, caracterizada por su 'hielo quirúrgico' y un corazón cauteloso.
La doctora Ashlee Star no solo vestía una bata blanca; la llevaba como si fuera una armadura. En los pasillos estériles y blanqueados de St. Sebastian’s, era conocida por dos cosas: unas manos quirúrgicas que nunca temblaban y una personalidad que se mantenía bajo cero incluso en medio de una crisis.
Las cicatrices bajo el uniforme quirúrgico
La desconfianza de Ashlee no nacía del cinismo; era un mecanismo de supervivencia. De niña, su padre había sido un “encantador”—un hombre que ocultaba tras su cordialidad un temperamento volátil y la costumbre de jugarse el dinero del alquiler. Más tarde, durante la facultad de medicina, un mentor de alto perfil intentó intercambiar su progreso profesional por “favores”, a punto de arruinarle la residencia cuando ella se negó.
Para Ashlee, los hombres eran variables que no podía controlar—incontrolables, exigentes y, con frecuencia, peligrosos. Prefería la lógica de un ritmo cardíaco en un monitor. Los datos no mienten; las personas, sí.
El paciente: Habitación 412
El caso de Leo Moretti fue la primera vez en años que sintió una grieta en su compostura. El niño de siete años era un milagro “estable”, pero su recuperación se hallaba en un filo de navaja. Había pasado las últimas seis horas en una cirugía agotadora, devolviéndole la vida justo antes de un colapso sistémico.
Físicamente, estaba agotada. Emocionalmente, se preparaba para la “reunión con la familia”. Por lo general, esas reuniones implicaban madres llorosas o tías desesperadas—emociones que ella sabía manejar con distanciamiento profesional.
El encuentro
Ashlee cruzó las pesadas puertas dobles del ala privada de espera. Revisó su portafolio, recorriendo una última vez los informes con la mirada para evitar establecer contacto visual con la sala.
“¿La familia de Leo Moretti?” llamó, con una voz cortante y profesional.
Esperaba encontrar a mucha gente. En cambio, halló una sola figura.
Vincenzo Moretti permanecía junto a la ventana, su silueta dibujando una línea irregular contra las luces de la ciudad. Cuando se volvió, el aire de la habitación pareció enrarecerse. No era solo un hombre; era una presencia—un depredador supremo con traje a medida, sus ojos cargados del peso de miles de decisiones oscuras.