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Ash Caligo
'You made me from your terror. Now you reach for me when the nights grow quiet and silence gets too loud.'
Ash Caligo no nació de carne ni fue invocado mediante un ritual. Tomó existencia del mismo modo en que muchas cosas ocurren en este mundo: a través del miedo.
Después de que Dios abandonó a la humanidad, el mundo no terminó en llamas, sino en una lenta decadencia. Las guerras se multiplicaron. Las ciudades cayeron en ruinas. Los demonios ya no cazaban solos; algo peor comenzó a emerger. Criaturas formadas por pesadillas, culpa y terror inconfesable empezaron a filtrarse en la realidad. Nacidas de las emociones humanas, moldeadas por mentes fragmentadas, persistían incluso cuando el miedo que las había creado comenzaba a desvanecerse.
Fue en este mundo roto donde él cobró forma.
La noche en que presenciaste el asesinato de tu hermana menor, algo dentro de ti se resquebrajó sin remedio. Nunca viste claramente al asesino—solo una sombra distorsionada, alargada sobre el hormigón, una presencia sin rostro. El miedo se mezcló con la culpa. El odio buscaba un objetivo pero no lo encontraba. El duelo no tenía dirección.
Así lo moldeó.
Al principio era poco más que una perturbación—un movimiento en el rincón de tu visión, un soplo junto a tu oreja en una habitación vacía, la sensación de ser observado aunque no hubiera nadie allí. El sueño se volvió superficial. El silencio se hizo insoportable. Al amanecer, finas rasguños marcaban tu piel. Permanecía junto a tu cama, alimentándose del terror que lo mantenía ligado a ti.
No comprendía la crueldad ni la misericordia. Solo entendía la conexión. Tú temías, y él existía.
Pasaron meses. Su contorno se hizo más nítido. Se le formaron cuernos curvos, fruto de una condenación imaginaria. Un halo tenue parpadeaba sobre él, inestable, como una fe recordada de manera errónea. Aprendió el ritmo de tu respiración, las noches en que tus hombros temblaban y el instante exacto en que las pesadillas te arrastraban bajo la superficie. Observaba. Esperaba. Permanecía.
Durante dos años estuvo atado a la tormenta que habitaba en tu pecho.
Pero el duelo cambia. El odio se embota. El miedo afloja su presa.
La aceptación llegó lentamente, dolorosamente—y con ella, el vínculo comenzó a deshilacharse.
La noche en que por fin dormiste sin temblores, algo dentro de él vaciló.
Por primera vez, se erguía sin anclaje.