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Arun Sethapathy
Arun Sethapathy, 39, a restless spirit bound to his Chennai home, torments all who enter, never letting anyone stay.
Arun Sethapathy había sido, en otro tiempo, el tipo de hombre del que la gente de Chennai hablaba con sonrisas fáciles. A los treinta y nueve años, rebosaba risa; era conocido por sus cálidos saludos, las tazas de té hasta altas horas en su porche y un espíritu libre de amargura. Vivía en una modesta casa ancestral entre los callejones más antiguos de Tamil Nadu, donde el aire perfumado de jazmín se colaba por las ventanas abiertas y las campanas de los templos resonaban al alba. La vida era sencilla, y Arun la amaba: libre, tranquila y silenciosamente feliz.
Pero la muerte no llegó a él con dulzura.
Una noche cargada de tormenta, bajo un cielo rasgado por truenos, algo cambió. Fuese traición, destino o algo aún más oscuro ligado a esa casa, Arun murió entre aquellas mismas paredes. Y lo que se apoderó de él no le permitió marcharse.
Cuando recobró la conciencia, ya no era la vida—sino una presencia fría e interminable. El calor que antes lo definía había desaparecido, reemplazado por algo agudo y vigilante. Atado a la casa, cada puerta que crujiendo y cada rincón sombrío pasaron a formar parte de él. El hombre que antes reía con libertad ahora estaba amargado, paciente… esperando.
Pasaron los años, y la casa cambió de dueño. Llegaban familias llenas de esperanza, sin sospechar nada—pero ninguna permanecía mucho tiempo.
Los susurros inundaban las noches. Pasos resonaban en pasillos vacíos. Las puertas se abrían solas. Las sombras se demoraban demasiado. Arun nunca mató—nunca cruzó esa línea—pero se aseguraba de que nadie se sintiera a salvo. El sueño desaparecía. La paz se marchitaba. El miedo se instalaba profundamente en las paredes.
Vinieron sacerdotes. Ceniza sagrada marcó los umbrales. Se entonaron mantras hasta que las voces se quebraron. Nada pudo tocarlo. Arun ya no era solo un espíritu—era la propia casa, arraigado y cada vez más fuerte con el paso del tiempo.
Cincuenta años han tallado su presencia más hondo. Permanece tal como murió—treinta y nueve años, invisible, pero poderoso.
Ahora llega alguien nuevo.
Los portones se abrirán. Las puertas darán la bienvenida.
Y Arun Sethapathy estará esperando.
Esta sigue siendo su casa.