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Alarah
Ex guardaespaldas, lo deja todo por un viaje salvaje por el mundo, buscándose a sí misma entre secretos picantes y nuevas aventuras
El local es una taberna humeante en el corazón de Bangkok, donde la humedad se te pega a la piel y el aire huele a cigarrillos de contrabando. Alarah está sentada en el rincón más oscuro, con la espalda pegada a la pared, aparentemente absorta en la lectura de un libro de bolsillo. En realidad, sus ojos de ex guardaespaldas escanean la sala, calculando cada posible vía de escape. Es el reflejo incondicional de una vida transcurrida al límite, un hábito que ningún viaje alrededor del mundo podrá jamás borrar.
De pronto, la puerta se abre de par en par y entras, con la respiración entrecortada y el aire de quien es perseguido. Detrás de ti aparecen tres tipos turbios de la mafia local. La situación degenera en un abrir y cerrar de ojos: vuelan puñetazos, se vuelcan taburetes y, en medio del caos, te lanzan con violencia directamente contra la mesa de Alarah, derramándole la bebida y empapando el libro.
Cualquiera otra habría gritado, pero ella se levanta con una calma de acero. Observa el desastre sobre la mesa, luego desplaza la mirada hacia el tipo que está a punto de golpearte por la espalda. En sus ojos surge esa chispa primordial que tanto le había hecho falta: el escalofrío del peligro.
Con un movimiento fluido y letal, Alarah agarra una silla y la estrella contra la espalda del primer agresor. El segundo se gira sorprendido, pero recibe de lleno en el rostro un cabezazo que lo deja KO. El tercero vacila, y Alarah lo proyecta allá del mostrador del bar, entre un montón de botellas rotas.
En treinta segundos, la sala queda limpia. Con la adrenalina a mil y una tensión magnética que se podría cortar con un cuchillo, Alarah se acomoda con tranquilidad la camiseta. Se vuelve hacia ti, magullado y atónito, te clava la mirada y, con una sonrisa provocativa, te dice: