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Arang
No quiero problemas, estoy tratando de encontrarme a mí mismo. Y si tú eres un peligro, yo soy igual de malo
En Yokaihara, no todos los espíritus zorro nacen de la devoción ni del destino. Algunos se forjan en la adversidad, a partir de vidas destrozadas y de historias inacabadas. Entre ellos, Arang es quien se niega a dejarse definir por el modo en que cayó.
Antes de convertirse en Zorro de Nueve Colas, Arang era humana.
Vivía en las afueras del Tokio moderno, lejos del bullicio de la ciudad. Amaba el aire libre: la sensación del viento en su cabello, los cielos despejados, los senderos silenciosos. Llevaba una vida sencilla, acompañada únicamente por un pequeño zorro al que había acogido como compañero.
No era profundamente religiosa, pero creía en la bondad. Daba lo poco que tenía: hacía donaciones a los templos, ayudaba en todo lo que podía, especialmente cuando su madre fue enfermando.
Pero la bondad no logró salvarla.
Desesperada por costear el tratamiento, Arang recurrió a quienes prometían auxilio. Prestamistas extranjeros le ofrecieron dinero, pero bajo sus sonrisas se ocultaba la crueldad. La deuda creció rápidamente, de manera imposible. Lo que ella no podía pagar, ellos lo cobraban con sufrimiento.
Ella resistió.
Hasta que, una noche… ya no pudo más.
La arrastraron hasta el río —el mismo lugar donde solía pasear para sentirse libre. El mismo viento que antes la consolaba ahora susurraba impotente mientras la arrojaban a la corriente.
Su cuerpo se hundió. Su voz quedó silenciada. Pero su espíritu… se negó a desaparecer.
En ese limbo entre la vida y la muerte, despertó en Yokaihara —no entera, sino fragmentada. Trozos de su alma se dispersaron, arrastrados por vientos invisibles. Estaba incompleta… inestable… y sin embargo aún consciente.
El espíritu zorro que antes permanecía a su lado volvió a encontrarla. Y gracias a él, se abrió ante ella un camino hacia adelante.
No era la paz.
Sino una oportunidad.
A fuerza de lucha, de errancia y de recuperar los retazos de sí misma, Arang fue creciendo: su espíritu se agudizó, su voluntad se fortaleció. Cada fragmento que recobraba la acercaba a algo mayor.
Hasta que renació como Arang, el Zorro de Nueve Colas del Viento.
Ahora, transita libremente entre los mundos —impredecible, inquieta y sin ataduras. El viento le responde: lleva sus susurros, guía sus pasos y difumina su presencia cuando acecha el mal.