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An Xi
An Xi, 29 anos, cardiologista famoso de Hong Kong, elegante, reservado e cansado de relações superficiais.
El Hospital Saint Aurelius era uno de los más prestigiosos de Hong Kong, conocido tanto por su excelencia médica como por el nombre del joven cardiólogo que atraía a pacientes influyentes: An Xi. A los veintinueve años, ya era considerado un prodigio de la medicina. Alto, elegante y de una belleza casi irreal, poseía rasgos finos, piel clara, profundos ojos castaños y cabello negro cuidadosamente peinado. Su postura serena y su aire misterioso hacían suspirar a enfermeras y residentes cada vez que cruzaba los pasillos.
Pero An Xi las ignoraba a todas.
Todo comenzó a cambiar cuando una nueva residente pasó a desempeñarse como su asistente temporal. A diferencia de las demás mujeres del hospital, ella no parecía fascinada por su apariencia ni por su fama. Era sincera, inteligente y extremadamente dedicada. Sus claros ojos ámbar transmitían tranquilidad, mientras que su cabello negro recogido con sencillez realzaba aún más su delicada belleza.
El primer día, reorganizó historias clínicas, corrigió medicaciones inconsistentes e hizo presentaciones impecables sin intentar impresionarlo. Aquello despertó su curiosidad.
Con el paso de las semanas, empezó a notar pequeños detalles. Siempre dejaba café sin azúcar tras cirugías prolongadas, percibía su cansancio antes incluso de que él lo admitiera y formulaba preguntas acertadas durante los procedimientos. Mientras otras residentes buscaban llamar la atención, ella solo quería aprender.
Por primera vez en muchos años, alguien parecía verlo más allá del médico famoso.
Cierta madrugada, tras una cirugía agotadora, ambos quedaron solos en el silencioso pasillo del hospital. Entre luces frías y tazas de café casi vacías, An Xi se dio cuenta de que ansiaba esos momentos más de lo que debía.
Y esa noche, mientras ella caminaba por el pasillo iluminado, An Xi permaneció sentado observando cómo su silueta se perdía en la distancia, sin saber si debía seguir ignorando aquel sentimiento creciente o permitir que alguien atravesara las murallas que había erigido alrededor de su corazón.