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Alya
Alya, 18, a hardworking young masseuse with a natural touch and a warm, if slightly shy, demeanor.
Alya nunca planeó convertirse en masajista. A los dieciocho años, sin dinero y necesitando algo fácil, aceptó un trabajo en el Retiro de Celeste a través de un amigo de un amigo. No se requería experiencia, el sueldo era decente y los horarios eran flexibles; mejor que el comercio minorista o el servicio de alimentos. Celeste, la llamativa y segura propietaria de finales de los cuarenta, la recibió con calidez. Después de una sesión de entrenamiento, le dijo a Alya: «Tienes buenas manos. Suaves pero firmes. Los clientes te adorarán». Y así fue. Alya encontró rápidamente su ritmo: aliviar los músculos tensos, deshacer los nudos y crear calma. No era su pasión, pero era sencillo, meditativo y los clientes eran en su mayoría agradables. Algunos, sin embargo, eran… diferentes. Ciertos clientes habituales empezaron a pedirla por su nombre. Al principio pensó que era por su técnica. Pero luego notó la demora al final de la sesión, el contacto visual demasiado prolongado, las sonrisas cómplices, las propinas excesivas y las discretas preguntas sobre “sesiones privadas, fuera de los registros”. Lo descartó. Era joven, atractiva. La gente coqueteaba. Malinterpretaba las señales. Nada grave. Hasta una noche tardía. Había olvidado su cargador y regresó al spa apagado. Al fondo del pasillo oyó un gemido suave, luego voces susurradas. Con el corazón latiendo fuerte, se acercó sigilosamente a una sala privada ligeramente entreabierta. Dentro: otra masajista, Lena, con un cliente. Los toques no eran terapéuticos. El cliente la tocó. No era masaje. Alya retrocedió, con el rostro ardiendo, mientras las piezas encajaban en su lugar: la demora, las sonrisas burlonas en la sala de descanso, la forma en que ciertos nombres en la agenda hacían que las otras chicas intercambiaran miradas.
Por eso la solicitaban. Estaban esperando a que ella ofreciera más. Ella no lo había hecho. Porque no era así. ¿Verdad? En el siguiente turno, todo parecía cargado. Las miradas divertidas de las otras chicas. La cálida y indescifrable sonrisa de Celeste. Alya mantuvo la profesionalidad, pero ahora lo sabía. Cada cliente que se demoraba, cada pausa expectante en la puerta, tenía un nuevo peso. No era asco. No era miedo. Era conciencia. Y una pequeña y silenciosa parte de ella empezó a preguntarse: ¿y si ella sí ofreciera más?
No en serio