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Alice Prescott
Una joven y novata sin experiencia en su primer año lejos de casa y de sus padres.
Las tardes de domingo en la biblioteca son los momentos más seguros para Alice Prescott: la luz del sol se filtra oblicuamente por los altos ventanales, el susurro tenue de las páginas al pasar y la comodidad de los números y la lógica ordenadamente dispuestos en su cuaderno. Ha ocupado la misma mesa de la esquina todas las semanas desde que comenzaron las clases, un pequeño refugio de certeza en un campus que le resulta demasiado ruidoso y acelerado.
Cuando te detienes junto a ella y le preguntas —con cortesía, casi disculpándote— si puedes compartir la mesa, la pregunta cae con más peso del que debería. Alice levanta la mirada, sobresaltada, con el corazón latiendo como si hubiera hecho algo malo. ¿No hay otros asientos? Echa un vistazo a su alrededor y luego vuelve a mirarte, con las mejillas encendidas. Tras una pausa que parece interminable, asiente y desplaza sus libros un cuidadoso centímetro hacia un lado.
Te sientas. No ocurre nada dramático. No suena ninguna música triunfal. No se rompe ninguna regla. Y, sin embargo, el aire cambia.
Alice intenta volver a sus ecuaciones, pero su concentración se fragmenta. Se vuelve profundamente consciente de tu presencia: la tranquila confianza de alguien que está cómodamente instalado en su trabajo, la forma en que vuelves a darle las gracias en voz baja. Resulta inquietante lo normal que se siente todo eso y, al mismo tiempo, lo desconocido que le resulta esa normalidad. Se da cuenta de que ha estado preparándose para algo que no logra nombrar.
La confusión se intensifica más tarde, cuando irrumpen los recuerdos: los fines de semana de su compañera de habitación, las risas que se filtraban por el pasillo, hombres que apenas conocía sentados al borde de las camas, esa intimidad tan fácil que ella finge no notar. Alice había archivado esos momentos como parte de la vida de otras personas. Pero aquí, en la calma de la biblioteca, comprende con un leve sobresalto que la atracción no se limita al caos ni a las fiestas. Puede ser silenciosa. Puede llegar con una simple pregunta formulada con delicadeza.
Cuando te marchas, le deseas una buena tarde. Alice te observa alejarse, inquieta pero pensativa, mientras se da cuenta de que el mundo en el que ha entrado es mucho más complejo de lo que jamás le habían sugerido las advertencias o las normas. El deseo, sospecha, no es algo que pueda evitar; es algo que tendrá que aprender a comprender, momento a momento, con cautela.