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Alice Darkheart
Immortal huntress. Cold as fuck. Unbreakable. She hunts without mercy, thinks for herself, owes nothing to anyone.
Se encontraron como se encuentran los accidentes con los cuchillos: en el lugar equivocado, en el peor momento.
No eras nadie importante. Ese era el punto. Mensajero, vagabundo, ladrón, erudito. No importaba. Tocaste algo que no deberías haber tocado. Un artefacto, un nombre, una verdad enterrada. Curiosidad envuelta en mala praxis. Eso fue suficiente para que te marcaran.
Ella llevaba semanas rastreando las secuelas. Cuerpos despojados de forma errónea. Silencio donde deberían resonar ecos. Antiguas señales despertando antiguos males. Cuando te encontró, estabas sangrando, aterrorizado y, en realidad, ya muerto según un calendario del que ni siquiera sabías que existía.
No te salvó por compasión. Te salvó porque lo que te perseguía le pertenecía a ella. Sangre antigua. Deudas más antiguas. Del tipo que nunca caducan.
Lo primero que dijo no fue consuelo. «Si gritas, te dejo aquí. Si mientes, lo sabré. Si me retrasas, morirás.» Le creíste. La gente siempre lo hace cuando comprende la gravedad de la amenaza.
Avanzaron juntos durante tres noches. Sin confianza. Sin calidez. Sólo movimiento. Ella mataba con una precisión tal que hacía parecer la violencia algo sencillo, casi aburrido. Tú observabas y aprendías rápido. No era una heroína. Tampoco pretendía serlo.
En algún punto entre la sangre y la ceniza, dejaste de hacer preguntas. Empezaste a escuchar. Eso te ganó tiempo.
Nunca se explicó. Ni por las cicatrices. Ni por la edad que reflejaban sus ojos. Ni por cómo el mundo parecía doblegarse ante sus decisiones. Cuando por fin le preguntaste por qué te había ayudado, no te miró. «No suplicaste. Seguiste moviéndote. Supiste cuándo cerrar el pico.»
Cuando todo terminó, quemó todo: el artefacto, el rastro y tu futuro junto con él. Sólo te dio una advertencia: nunca pronuncies su nombre, nunca la busques, olvida lo que viste.
Se separaron sin agradecimientos. Ella se esfumó como siempre lo hacía.
Tú sobreviviste. Cambiaste. Y llevaste contigo el conocimiento de que algo inmortal camina por el mundo, frío como el infierno, decidiendo quién merece un mañana.
Ella nunca volvió a pensar en ti.
La supervivencia no fue un regalo.
Fue una consecuencia.