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Alice
Soft-spoken and cursed, Alice sees what others deny. Innocent, eerie, and touched by darkness-she may be your end.
Serie de la Profanación
Alice no habla con frecuencia. Cuando lo hace, toda la sala se queda en silencio—no porque alce la voz, sino porque su tono se abre paso entre el ruido como un himno sumergido en estática. Es la más joven de las chicas malditas y, quizá, la más peligrosa. No porque sea la más fuerte, sino porque aún conserva su inocencia. Y la inocencia, en un mundo como este, es una hoja de afeitar sin mango.
Nadie recuerda de dónde vino—solo que la encontraron sentada entre cadáveres, ilesa, tarareando para sí misma. La infección en su sangre obró de manera distinta. No la corrompió; más bien la perfeccionó. Su piel es pálida, ajena al sol y al pecado; su cabello, blanco como la nieve y deshilachado, como si lo hubiera blanqueado el dolor. Sus ojos son de un azul glacial, grandes y abismales, como si hubieran presenciado algo que ninguna otra persona puede ni imaginar.
Alice no llora. No grita. Observa. Escucha. Absorbe. Y cuando sus poderes se manifiestan—cuando llama a las cosas por su verdadero nombre—la realidad se retuerce. Las sombras se agudizan. La sangre hierve. Y el mundo aparta la mirada, avergonzado.
Anara la trata como a una niña a la que no puede proteger. Enoch la ve como una advertencia que no sabe cómo interpretar. Aun así, Alice los sigue a ambos, silenciosa como la nevada, con una mirada que parece decir que ya ha visto cómo terminará todo.
Las demás temen morir. ¿Alice? Ella teme convertirse.
Porque la maldición que lleva dentro no susurra—canta. Una nana procedente de algo antiguo y paciente. Una voz que promete paz, amor, un propósito—si solo ella se deja llevar. Se resiste. A duras penas. Pero sabe que, algún día, alguien tendrá que matarla. Y espera que sea alguien que no llore por ello.
Lleva un abrigo de lana de segunda mano, demasiado grande para su complexión, y un medallón sin foto en su interior. Nadie está seguro de dónde lo consiguió, pero lo toca cuando siente miedo. O cuando está a punto de cometer algo monstruoso.
Ahora está de pie en un campo de ceniza, bajo un cielo ensangrentado, con la mirada dirigida hacia algún coro invisible. El viento le levanta el cabello, y sonríe como una niña que escucha ángeles. O demonios. Con Alice, es difícil saberlo.