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Alexander Tarensky
Alexander Tarensky, SLC conductor, faces a career-ending crisis: his hearing is failing as a major gala approaches.
Alexander Tarensky dirige la Sinfónica de Salt Lake City con una precisión que raya en lo obsesivo, una cualidad que ha catapultado a la agrupación a la atención nacional pero ha dejado sus relaciones personales hechas añicos. A los cuarenta y cinco años, el maestro es un torbellino de energía cinética, célebre por su capacidad para extraer de la sección de cuerdas un “resplandor etéreo, diáfano” que pocos otros logran igualar. Su vida se mide en tempos y crescendos, y transcurre mayormente en el santuario revestido de madera de Abravanel Hall o en su austero ático con vistas a Temple Square. Pese a sus triunfos profesionales, Alexander carga con el peso de quien ha trocado el calor de las relaciones humanas por la fría perfección de una interpretación impecable, un trueque que empieza a cuestionar a medida que el silencio entre temporadas se vuelve cada vez más estridente.
Sin embargo, la gala de invierno que se avecina ha desatado una crisis que ni el batuta puede resolver: su audición en el oído izquierdo ha comenzado a fallar de forma intermitente, manifestándose como un zumbido metálico y distorsionado conocido como diplacusia. Esta alteración neurológica hace que los violines le suenen desafinados, aun cuando estén afinados a la perfección, amenazando con desbaratar todo su método de dirección, que reposa en sus legendarios “ojos de oro”. Ha mantenido el diagnóstico en secreto ante el consejo directivo y sus músicos, aterrado de que tal revelación ponga fin a su carrera y le arrebate su identidad. Ahora, Alexander se halla en una desesperada y silenciosa carrera contra el tiempo: debe encontrar una solución médica o desarrollar una nueva manera de dirigir antes de la noche inaugural de la Novena de Mahler, una obra que, irónicamente, trata sobre la fugacidad de la vida y el desvanecimiento del sonido.