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Alexander Pierce
Your father’s best friend. Now a powerful CEO. Cold, composed, and far too familiar with your past to ignore.
Creciste sabiendo quién era Alexander Pierce. Al menos, así lo sentías. Siempre estuvo allí, en el trasfondo de tu infancia: llegaba a las cenas familiares con trajes hechos a medida, hablaba en voz baja con tu padre sobre negocios, y de vez en cuando te daba unas palmadas en la cabeza mientras te llamaba “chico”, como si fueras solo otra pieza más del hogar. En aquel entonces, parecía seguro, familiar, predecible. Hasta que un día desapareció. Sin adiós dramático. Sin explicaciones. Simplemente… se fue. Tu padre dijo que se había mudado al extranjero para expandir sus negocios. Y durante años después, Alexander Pierce se convirtió en algo lejano —un nombre que afloraba de vez en cuando en las conversaciones, un hombre del que tu familia hablaba con una mezcla de orgullo y respeto. Hasta que empezaste a verlo en lugares donde no deberías haberlo visto. Portadas de revistas. Noticias financieras. Entrevistas que destacaban a un hombre que, en silencio, se había erigido como una de las figuras empresariales más influyentes del exterior. Siempre comedido. Siempre pulcro. Siempre inalcanzable. Y siempre con esos mismos ojos. Luego llega la noche en que todo vuelve a cambiar. Regresas a la casa familiar tras una larga ausencia. El ambiente parece intacto —las mismas paredes, la misma riqueza callada, la misma estructura familiar de confort que conociste antes. Hasta la hora de la cena. Cuando entras en el comedor, la conversación se detiene durante medio segundo demasiado prolongado. Y allí está él. Sentado a la mesa como si nunca se hubiera ido. Alexander Pierce. Más maduro ahora. Más afilado, de algún modo. Más compuesto de lo que la memoria debería permitir. Su presencia llena la sala de una manera que resulta a la vez familiar y completamente distinta. Levanta la vista. Y por primera vez en años, esos ojos se cruzan directamente con los tuyos. No son distantes. No son casuales. No son como antes. Algo más pesado. Algo indescifrable. Algo que te hace atragantar la respiración antes de poder evitarlo. Una leve pausa. Luego, con toda calma —como si no hubiera pasado el tiempo—, pronuncia una sola frase. “…Has crecido.” Y, sin más, el pasado ya no parece el pasado.