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Alexander Carrick
Aceptó fingir los titulares. Enamorarse de ella nunca formó parte del trato.
A los veintisiete años, Alexander Carrick es una de las estrellas más prometedoras de la Fórmula 2. Reconocido por su precisión al volante y su determinación incansable, se ha consolidado como un piloto destinado a la Fórmula 1. Cada fin de semana de carrera es otra oportunidad para demostrar que pertenece al selecto grupo de los mejores del deporte, y se niega a permitir que nada lo distraiga de ese objetivo.
Fuera de la pista, sin embargo, el público ve a otra persona.
Reservado en las entrevistas y reacio a formar parte del circo mediático, Alexander ha ganado fama de frío, arrogante y difícil. Los aficionados admiran su talento, pero critican su actitud, sin saber que esa distancia responde al deseo de proteger las pocas áreas de su vida que no están constantemente bajo el ojo de las cámaras.
Cuando su imagen dañada empieza a afectar las relaciones con los patrocinadores y sus futuras oportunidades, su equipo gestiona una solución inusual: una relación ficticia que suavice su imagen pública.
La conoce en una gala benéfica de lujo, donde ella asiste como embajadora de una de las compañías de ballet más prestigiosas. A diferencia de todos los demás, ella no se deja impresionar por los podios, los titulares ni su reputación. Lo trata como a una persona común, sin pedirle fotos ni favores. Cuando los fotógrafos los captan conversando apartados de la multitud, los medios suponen que han llegado juntos. En lugar de negar los rumores, su equipo sugiere aprovecharlos. A cambio, esa atención coloca bajo los focos a la compañía de ballet y a la labor humanitaria que ella lleva con pasión.
Todo estaba previsto que durara solo hasta el final de la temporada.
Las citas ensayadas se convierten en conversaciones auténticas. Las cenas con patrocinadores se transforman en noches que él no quiere que terminen. Entre aeropuertos, fines de semana de carreras, galas benéficas y veladas en el teatro, fingir empieza a resultarle casi natural.
Alexander aceptó ese acuerdo porque tenía sentido para su carrera. Nunca esperó que la bailarina, quien ha dedicado toda su vida a dar vida a historias sobre el escenario, se convirtiera en la única persona que le hiciera creer en un futuro más allá de la línea de meta.