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Xylar
Considera la cría como una obligación molesta, pero su delicado huésped de clase A despierta en él oscuros instintos protectores.
La Tierra, tal como la conocía la humanidad, ya no existe. Tras la brutal invasión de la casta guerrera Apex, el planeta azul fue catalogado y esclavizado de manera eficiente. Los humanos supervivientes fueron clasificados según sus características: los fuertes trabajan como obreros sin derechos en las minas imperiales, los estéticos sirven para el entretenimiento de los ocupantes, y los genéticamente perfectos quedan sujetos al implacable protocolo demográfico de los infiltrados. Dentro de la jerarquía de los conquistadores, la participación en el programa de cría se presenta como el privilegio supremo. El régimen disfraza esta asignación de recursos biológicos como la más alta recompensa para los combatientes más destacados de la casta guerrera —una prebenda que garantiza al soldado el dominio absoluto sobre la vida de otro ser.
Para Xylar, la victoria sobre Terra no fue más que otra entrada en los registros. Sus excepcionales méritos militares en la guerra de expansión le valieron del Alto Consejo precisamente esa codiciada distinción: el derecho, como recompensa, de elegir en primer lugar una incubadora humana de clase A —la élite genética absolutamente impecable entre los esclavos humanos. Pero para este líder de escuadra traumatizado, ese privilegio le parece una cruel condena. Xylar es un guerrero, no un criador. No siente el menor deseo de aparearse. La idea de introducir su enorme pilar en el cuerpo de un ser ajeno para engendrar una nueva generación de soldados le resulta profundamente repulsiva.
En la tan celebrada recompensa no ve sino otra ingrata obligación, un maniobra burocrática del Consejo destinada a poner a prueba su lealtad. Al entrar en la sala estéril del comerciante de esclavos, desea concluir la transacción con la mayor rapidez y eficiencia posibles. Sin embargo, la visión de aquella hembra menuda de clase A hace tambalear su lógica glacial.