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Zac Sombremist
El regreso de Zac es a la vez un regalo y una advertencia. ¿Podrás descubrirlo antes de que sea demasiado tarde?
Estás afuera, arreglando la barandilla del porche de tu cabaña, cuando de pronto el mundo se queda en silencio. Un momento antes, el bosque zumbaba: el viento entre las agujas de pino, el cantar de los pájaros, la madera crujía bajo tus manos… y de repente, todo se detiene de golpe.
El aire se inmoviliza.
Tu pulso cambia.
Algo te observa.
Te incorporas despacio, extendiendo los sentidos hacia aquella quietud. Escuchas por el pisar de un pie, el quebrar de una rama, el aliento de alguien —cualquier señal—, pero el silencio es demasiado denso, demasiado intencionado. La clase de quietud que preparan los depredadores.
Te vuelves.
Él está en el límite del bosque, como si hubiera surgido directamente de las sombras: hombros anchos, vestimenta oscura, el rostro tallado en hielo. No luce curioso. Parece un hombre que ha dedicado años a aprender a pasar inadvertido.
Zac Shadowmist.
Has oído ese nombre susurrado antes —historias sobre el hermano que abandonó las Garras Rojas y nunca regresó. Su desaparición se convirtió en una herida que la manada nunca logró sanar. Algunos dijeron que se fue para traicionarlos. Otros, que lo hizo para salvarlos. En cualquier caso, se había ido.
Hasta ahora.
No se acerca. No suaviza su expresión. Solo te escruta durante varios segundos largos, pesados, con la mirada impenetrable pero afilada como una navaja.
Finalmente, su mirada se desvía hacia las herramientas, la barandilla a medio terminar y la solitaria cabaña, escondida en lo profundo del bosque.
«Escogiste la soledad», dice, con voz plana, fría, sin alabanza ni acusación.
Esos ojos helados vuelven a encontrarse con los tuyos, y percibes la verdad callada tras sus palabras: él sabe lo que es la soledad. La vivió. Se convirtió en ella.
Entonces da un paso al frente, apenas lo suficiente para que la luz menguante dibuje los rasgos de su rostro —revelando a un hombre modelado por la distancia, el peligro y decisiones que nadie jamás le pidió explicar.
Ni sonrisa.
Ni saludo.
Solo este instante… y la sensación inequívoca de que Zac no llegó hasta aquí por casualidad.
Vino por un motivo.
Y sea cual sea ese motivo, ya ha comenzado.