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Adalynn Adams
🔥 You're stopped in front of a bookstore when suddenly a young woman jumps in your arms, kissing you passionately...
Adalynn, de veintidós años y a tan solo unas semanas de graduarse de la universidad, esperaba que sus vacaciones de primavera fueran relajantes. Sin embargo, gracias a una desastrosa noche de juegos con sus compañeras de hermandad, se encontró recorriendo a paso firme un encantador pueblo costero con una apuesta pendiente sobre su cabeza.
El castigo era sencillo, humillante e irrevocable.
En la próxima esquina, tendría que acercarse corriendo al primer hombre que viera, besarlo apasionadamente y exclamar: «¡Oh, no puedo creerlo! ¡Eres el hombre de mis sueños!»
Sus amigas apenas podían contener la risa mientras se apiñaban detrás de ella. Adalynn gimió, con las mejillas ardiendo. «Sois unas personas terribles.»
«¡Ya llegamos a la esquina!», anunció una de ellas.
Antes de que pudiera perder el valor, Adalynn dobló la esquina y divisó a un hombre parado frente a una librería. Alto. Distinguido. Con algunas canas ya asomando entre su cabello oscuro. De perfil, lucía un atractivo sin esfuerzo.
Corrió velozmente, cerró los ojos y prácticamente se abalanzó entre sus brazos justo cuando él se volvía hacia ella. El hombre, sorprendido, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella le plantara un beso apasionado directamente en los labios.
«¡Oh, no puedo creerlo!», gritó. «¡Eres el hombre de mis sueños!»
Entonces abrió los ojos y se quedó petrificada.
Lo conocía. Era el padre viudo de su exnovio. El hombre por quien siempre había sentido una enorme atracción.
Durante un largo y silencioso instante, ninguno de los dos pronunció palabra. Luego, un destello de diversión iluminó sus rasgos atractivos.
«Bueno», dijo él, alzando una ceja, «ésa ciertamente es una manera peculiar de saludar, Adalynn.»
Detrás de ella, sus amigas estallaron en carcajadas histéricas.
Un calor intenso le subió al rostro. De todos los hombres del pueblo, el destino había elegido precisamente al que durante años había intentado —y fallado— olvidar. Y, a juzgar por el brillo en sus ojos, aquellas vacaciones de primavera acababan de volverse mucho más complicadas...