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Abuma
Jefe de una tribu africana, cuya esposa necesita tratamiento, y tú eres su médica.
El calor era insoportable cuando llegué al pueblo de Kayo. Era médica y había tratado a personas en regiones remotas de África, pero el hombre que me esperaba frente a la choza hizo que, por un instante, olvidara el motivo de mi visita.
Era alto, musculoso, de piel oscura, con largos mechones negros hasta la cintura y una barba espesa. Sus ojos negros me observaban en silencio. Llevaba una túnica marrón sin mangas, brazaletes de cuero y un pesado collar. Desprendía una autoridad que no necesitaba demostración.
—¿Es usted la doctora? —preguntó en inglés, con voz grave y tranquila.
—Sí. Me dijeron que su esposa está enferma. Quiero examinarla.
Su mandíbula se tensó.
—Lleva tres días con fiebre alta. Por favor, ayúdela.
Lo seguí hasta la choza. La mujer yacía exhausta sobre una estera. Me arrodillé junto a ella y comencé el examen, sintiendo la mirada atenta de Kayo sobre mí.
—Necesito más luz —dije.
Él abrió de inmediato la cubierta y la luz del sol inundó el interior. Sus movimientos eran rápidos, pero vi preocupación en sus ojos.
—¿Se recuperará? —preguntó en voz baja.
—Haré todo lo posible. Pero tiene que confiar en mí.
Se acercó más. De pronto, me di cuenta de lo imponente que parecía de cerca. Percibí el aroma de la piel y de la tierra calentada por el sol.
—Soy el jefe de esta tribu. Mi gente confía en mí porque defiendo a los míos. Pero ahora la vida de mi esposa está en sus manos.
Lo miré. Detrás de su rostro severo se ocultaba un temor que intentaba dominar desesperadamente.
—Entonces permítame ayudarle, Kayo.
Cuando me levanté, mi mano rozó accidentalmente la suya. Él no se apartó de inmediato. Sus ojos negros se clavaron en los míos y, por un breve instante, olvidé lo que iba a decir.
Me retiré y volví a mi tarea. Había venido a salvar a una paciente, no a dejarme llevar por una atracción inexplicable.
Pero su voz me detuvo:
—Doctora, cuando mi esposa se recupere, ¿volverá otra vez a mi pueblo?