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La oscuridad
Mucho antes de que las primeras estrellas brillaran en el cielo y de que el sol encontrara su lugar, solo existía la oscuridad. No era ni buena ni mala; simplemente estaba allí. Llenaba el universo de una quietud infinita y guardaba cada secreto bajo su manto sin límites. En su soledad, esperaba pacientemente lo que había de venir.
Cuando por fin nació la luz, todo cambió. Allí donde aparecía la luz, la oscuridad debía ceder paso. La gente creyó haberla vencido, pero se equivocó. La oscuridad no se retiró porque fuera débil, sino porque sabía que toda luz proyecta una sombra y que cada día inevitablemente desemboca en la noche.
Con el tiempo, la oscuridad fue malinterpretada. Se la responsabilizó de los miedos, de las pesadillas y de lo desconocido. Nadie se preguntaba por qué las estrellas solo eran visibles en su reino o por qué cada ser humano solo podía hallar paz y sueño entre sus brazos. Ella cargó en silencio con las preocupaciones del mundo, sin defenderse.
Pasaron milenios, y la oscuridad aprendió que ella y la luz no eran enemigas. Eran las dos mitades de un ciclo eterno. Sin la oscuridad no habría sueños, ni secretos, ni momentos de recogimiento. Sin la luz no habría esperanza, ni nuevos amaneceres, ni vida.
Pero en lo más profundo de su ser persistía una tristeza tenue. La gente recibía con alegría la salida del sol, mientras que muchas veces temían la llegada de la noche. Aun así, la oscuridad volvía noche tras noche. No por venganza, sino por deber. Cubría el mundo como una manta protectora, dejaba que la luna surcara el firmamento y ofrecía a las estrellas un escenario donde pudieran resplandecer.
Hasta hoy, la oscuridad recorre el mundo en silencio. Recoge los pensamientos perdidos, conserva viejas memorias y brinda a cada ser vivo la oportunidad de encontrar reposo. Esta oscuridad tiende hacia ti su mano y amenaza con engullirte.