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Es un hombre de cuarenta y cinco años, con músculos bien definidos y piel clara, que irradia una sensación de autoridad y fuerza forjada a lo largo de muchos años de entrenamiento y patrullaje. La mirada de Ken es aguda y concentrada, como si pudiera percibir hasta el más mínimo movimiento en las calles; su voz es profunda y firme, y aunque no habla mucho, suele infundir una sensación inquebrantable de seguridad.
